21 mayo, 2018

Cómo poner límites y aplicar disciplina a los niños según su edad

Saber exactamente de qué son capaces los hijos es una preocupación común entre los padres. Distintas culturas, distintas expectativas por parte de nosotros e informaciones contradictorias pueden hacer que sea difícil saber qué límites se han de poner a su comportamiento y cuándo hemos de esperar que ellos respeten dichos límites.

Por suerte, el desarrollo de los niños es un proceso relativamente suave y estable. Esto significa que cuando un niño está sano y no padece ningún retraso en el desarrollo, se puede esperar que se ajuste razonablemente a los estándares de cada fase del desarrollo.

Poner límites y definir una disciplina según la edad del niño

Los límites que se fijan y la disciplina marcada han de estar adaptados a la edad y a las destrezas del niño. Las expectativas no cambian, pero el modo de transmitir el mensaje sí que va evolucionando. Los padres transmitirán mejor sus enseñanzas y tendrán más éxito a la hora de establecer límites y de marcar una disciplina cuando el desarrollo del niño es un factor que se tiene en cuenta.

Cada fase del desarrollo requiere un enfoque distinto a la hora de fijar límites y de definir la disciplina a seguir. Los niños pequeños (de menos de 3 años) solo son capaces de mantener la atención durante periodos de tiempo muy cortos y tienen un vocabulario reducido, lo que les impide asimilar explicaciones largas y complejas.

Por el contrario, un adolescente ya es capaz de expresarse plenamente con sus propias palabras y de seguir un hilo de pensamiento abstracto, lo que les permite a los padres hablar durante más tiempo y debatir, por ejemplo, qué consecuencias de su comportamiento podrían haberse evitado. Utilizar el mismo enfoque con un niño de 2 años y con un adolescente generará frustración tanto en los padres como en los hijos.
¿Qué aspectos se deberían incluir a la hora de marcar la disciplina y los límites de tu hijo?

Estas pautas orientativas están basadas en las tareas del desarrollo propias de cada edad.

Fases del desarrollo:

– Bebés (0-12 meses) Se necesitan más hábitos que disciplina A esta edad, los bebés no tienen la capacidad de controlar su cuerpo o sus acciones. Los padres son los responsables de cuidar del niño y de mantenerle alejado de cualquier peligro que pudiera haber.

– Niños pequeños (1-3 años) Cuando el niño cumple 1 año se ha de implantar ya una disciplina. La disciplina debería centrarse en la seguridad y en evitar peligros (p. ej., utilizar la sillita del coche o no subirse a los muebles) y en las obligaciones (p. ej., recoger los juguetes cuando se acabe de jugar, o no gritar en casa).

– Niños en edad preescolar (3-5 años) La disciplina ha de seguir centrada en la seguridad (p. ej., no cruzar la calle sin mirar) y en los hábitos (p. ej., vestirse sin ayuda) pero añadiendo también el respeto por las figuras de autoridad (padres, cuidadores, otros familiares.). El respeto a la autoridad engloba actividades tales como seguir instrucciones de inmediato, escuchar cuando un adulto está hablando, pedir las cosas por favor y dar las gracias. Esto le ayudará al niño a prepararse para el inicio de su vida escolar.

– Niños en edad escolar (5-10 años) La disciplina debería seguir centrada en la seguridad (p. ej., usar casco cuando se va en bici), en las obligaciones, en los hábitos (p. ej., lavarse solo los dientes y preparar la mochila del colegio) y en el respeto hacia las figuras de autoridad (padres, profesores y vecinos). Además, la disciplina debería empezar a incluir el respeto hacia otros niños (compañeros de clase, otros niños del parque, etc.), controlar los deseos y anhelos (p. ej., aprender a tener paciencia, a turnarse o a compartir de forma justa) y el participar de manera autónoma en las obligaciones domésticas (p. ej., hacer algunas tareas del hogar).

Cada familia debería interpretar y utilizar estas pautas de modo distinto, adaptándolas a los valores y a los principios morales de la familia. Sin embargo, lo que es cierto es que todos los hijos son capaces de cumplir estas expectativas. Al alentar a nuestros hijos a satisfacer estas demandas les estamos enseñando a ser más independientes, a tener más confianza en sí mismos y a ser más capaces de cuidar de sí mismos.

En esencia, les estamos guiando para que puedan convertirse en adultos plenamente funcionales, sin carencias importantes. Fijar unos límites y marcar una disciplina les ayuda a nuestros hijos a maximizar su potencial y a conocerse más a sí mismos como individuos, a la vez que van absorbiendo los valores y los principios de nuestra familia.

Límites en la educación: ¿por qué debemos marcar normas a los niños?

Los límites son como un mapa de ruta que les ofrecemos a nuestros hijos. A medida que crecen, van aprendiendo gracias a los límites: lo qué es «sí», lo que es «no» y lo qué es «tú eliges», porque hay cosas que son opcionales. Los límites no obligan a la persona, los límites marcan rutas. Son mapas, y uno puede tomar una ruta u otra, pero lo importante es saber que existen rutas diferentes y que ese niño, de nuestra mano, aprenderá a decidir con la práctica diaria, guiado por nosotros.

De toda la serie de habilidades, estrategias y conocimientos que vamos adquiriendo a lo largo de la vida, hay algunos fundamentales: las reglas de convivencia y de relación social, que son, ni más ni menos, los límites con los que nos topamos todos los días. Todos nosotros, como adultos, tenemos límites para funcionar. Si uno quiere conducir a 140 Km./h por una calle de la ciudad, va a encontrarse a alguien que va a ponerle una multa; si uno quiere llegar a la oficina a cualquier hora, seguramente alguien va a decirle qué día ya no tiene que volver, etc.

¿Por qué debemos poner límites y normas a nuestros hijos?

Los límites brindan a los niños muchas cualidades positivas:

1.      Seguridad. Un niño aprende a caminar por la vida sabiendo qué puede hacer y qué no puede hacer; qué está permitido y qué no está permitido. Hay que saber, además, que los niños tratarán de traspasar ese límite porque es una manera de saber cuál es. Y va a comprobar si lo que le dijimos lo cumplimos después. Si lo empiezo a dejar porque estoy cansado, porque no tengo ganas, porque me duele la cabeza, porque «bueno, mañana hablo con él», en realidad, el mensaje es «mamá o papá dice que no se juega, pero se puede jugar». Los niños no aprenden con palabras, aprenden con conductas.

2.      Protección. Los niños aprenden desde muy pronto que, si algún adulto se toma el trabajo de explicarle, de ponerle un castigo, de esperar que lo cumpla, de sacarle de problemas, de explicarle otra vez… es porque quiere protegerle. Obviamente, no lo dirán con palabras: «Gracias, mamá, por dejarme sin televisión porque sé que me quieres proteger». Por eso, por repetición, a lo largo de los años lo van entendiendo.

3.      Afrontar con éxito las situaciones sociales. Los límites hacen que los niños tengan más éxito en las distintas situaciones sociales, porque algo que enseñan los límites es a respetar el derecho del otro. Nosotros, cuando limitamos a nuestros hijos, les enseñamos que para todo hay un punto, y que cuando tratamos de pasar esa barrera, se encuentran los derechos de otro, que no debemos invadir.

4.      Desarrollo de una alta autoestima. La autoestima es cómo nos vemos a nosotros mismos, cómo nos queremos, cuánto nos queremos y cómo valoramos lo que somos y lo que hacemos.

5.      Autocontrol. Aprenden la responsabilidad de la propia conducta, aprenden a funcionar sabiendo que uno hace algo y todo lo que uno hace tiene su consecuencia. Y como aprenden eso en casa, fuera de casa no les parece raro, y aprenden a aceptar la responsabilidad de sus actos. Todas nuestras elecciones tienen sus consecuencias; a veces, nos equivocamos al elegir, y también tiene sus consecuencias.

6.      Desarrollo moral. Saber cómo funciona el mundo, saber dónde empiezan los derechos de una persona, dónde terminan mis derechos, qué puedo y hacer y qué no puedo hacer, las cosas buenas y las cosas malas, las cosas permitidas y las cosas no permitidas, es fundamental para el desarrollo moral.

Fuente: Hacer Familia

 

Cordialmente,

María Alejandra Piñeres

Consejera Preescolar

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