21 mayo, 2018

Educar en valores, la generosidad

Educar en valores, la generosidad

La generosidad es la actitud de una persona para ser útil y dadivosa con otra persona. La persona generosa es noble, desprendida y sabe compartir… Cuando los niños son pequeños, todo es suyo y de nadie más. Todo solo les pertenece a ellos. A los niños les cuesta compartir y entender que no todo es suyo.

Educar a los niños a que comprendan el valor de la generosidad es una tarea de los padres y educadores. ¿Cómo enseñarles a compartir?
Enseñar a los niños a prestar sus cosas no es el único gesto de generosidad que pueden aprender. También han de saber darse a los demás, ofrecer su sonrisa y tener ganas de ser agradable. Aunque esto no se asimila de un día para otro, el niño acabará entendiendo que, a la hora de educar en valores, la generosidad, a pesar de que a veces puede costar, da muy buenos frutos.

Enseñar a los niños a compartir: cómo ser generosos

Igual que tratamos que nuestro hijo asimile un cierto horario, que se porte bien y no coja rabietas. Debemos intentar inculcarle la importancia de compartir desde un principio, aunque le cueste. En la tarea de educar en valores, la generosidad será un aprendizaje lento y trabajoso, pero también resultará útil para el futuro.
Si no le enseñamos hoy a compartir, puede que el día de mañana también le cueste querer a los demás y, lo que es mucho más importante, darse a quienes le rodean. No enseñarle a ser generoso podría implicar estar alimentando un egoísmo futuro que más tarde tendrá más difícil solución.

Cuando los niños empiezan a relacionarse con otros iguales, sea un amigo o un hermano, es natural que desarrolle un sentimiento de propiedad sobre sus cosas, juguetes… No podemos decir con eso que ellos sean egoístas. Es una reacción natural como el sentir celos. Que algo sea suyo les da seguridad y por ello no lo quieren compartir.

Para conseguir que los niños sean generosos, es necesario educarles en este valor poco a poco. Si los padres aprueban sus pequeños esfuerzos, les estarán motivando a seguir con estos actos generosos.

A partir de los tres años, los niños distinguen perfectamente el mío-tuyo y les gusta dejar clara la diferencia. Desde esta edad hay que fomentar el hábito de dar, más como costumbre que como virtud, relacionando el dar con la alegría y el querer a los demás. Es conveniente hacerles ver que “dar algo” constituye una muestra de cariño.

No es la cantidad que se da lo que mide el valor de la generosidad, sino el esfuerzo realizado por la persona y las intenciones que le han movido a llevarlo a cabo.

Para que un acto sea generoso hay, por lo tanto, dos partes importantes y bien diferenciadas:

-Dar algo de uno mismo con esfuerzo.

-Tener como objetivo cubrir una necesidad de otra persona para su bien.

Generosidad: el valor de dar y entregar para los niños

Durante sus primeros años de vida, los pequeños suelen valorar más a los sujetos que a los objetos que les rodean, por lo que tendremos que aprovechar este rasgo de su carácter para iniciarles en la generosidad, precisamente a través de las personas. Es decir, debemos hacerles ver que dar es una forma de amar y que la generosidad se encuentra estrechamente ligada a la alegría de hacer que los demás sean un poquito más felices.

Para conseguirlo podemos invitarle a que se relacione, desde pequeño y con nuestra ayuda con los conceptos dar-amor-alegría-bueno.

Para ganar esta batalla también serán fundamentales los ejemplos concretos. Nuestro hijo no comprenderá nunca lo bueno que es compartir y lo que se puede disfrutar haciéndolo si no experimenta por sí mismo algunos actos de generosidad que le afecten directamente. Su hermano mayor le da su balón si lo pide. Y él presta sus cuentos a su hermana para que se entretenga. Y todo ello, claro está, como manifestación de cariño y amor hacia los demás. Y es bueno que le expliquemos estos gestos de generosidad para que vayan aprendiendo a pensar en los demás: “Como no queda más que una onza de chocolate y a papá le encanta, hoy comeremos galleta y le dejaremos el chocolate a él”.

Aprende a ser generoso cuando:

– Cuando nota que sus padres comparten y son generosos. De nada les sirve que sus padres les repitan “tienes que compartir, tienes que compartir…”, una y otra vez. El ejemplo es la mejor forma de enseñar. Los niños necesitan ver que sus padres ayudan a otros padres y les hacen favores.

– Cuando es animado a ser correcto y dadivoso con los demás. Por ejemplo, cuando se compra una chocolatina, es importante que los padres la dividan entre todos de la familia. “Un trocito para papá, para mamá, para ti, para la abuela…”.

– Cuando aprende a diferenciar que hay cosas que son de todos, como la televisión, la comida, las sillas… y que las suyas son suyas, como la cama, la ropa… y que tienen el derecho sobre ellas. Son suyas y deben aprender a compartirlas.

– Cuando juega con sus padres y amigos. A través del juego los niños aprenden a ceder, a esperar la vez, a ponerse en el lugar del otro.

– Hazle comprender que si comparte sus juegos también se verá beneficiado él mismo, sobre todo porque sus amigos también le prestarás sus propias cosas. De este modo le resultará mucho más sencillo desprenderse de unas cuantas cosas.
– Escuchando cuentos que hablan del tema. Hay cuentos e historias que hablan de generosidad y no estaría nada mal contarles.

– Si se sienten comprendidos. Es necesario “escuchar” los sentimientos de los niños. Si a ellos les cuesta compartir, dile que les entiende, que es difícil pero que compartir es bueno. Los niños deben aprender a intercambiar, pero no por obligación o imposición”

– Regalando sonrisas y cariño. No solo el compartir cosas le hace feliz al otro. Una demostración de afecto y de cariño también tiene sus beneficios.

– Viviendo en un ambiente de participación y servicio a los demás.

– Identificando las necesidades de los demás. Por ejemplo, si el padre necesita escribir un mensaje, pero no encuentra un lápiz o un bolígrafo para hacerlo, pedir al niño que le deje uno. Les hará sentirse útil.

– Los niños jamás deben sentirse criticados por no conseguir compartir. Los padres, así como los educadores, no deben recriminarles. Frases como “eres malo”, “eres egoísta”… no les ayudará a ser generoso.

– Intenta que asimile que también debe compartir su tiempo y no solo los objetos materiales. Así, por ejemplo, puede dedicar parte de su tarde a entretener al bebé o a no hacer ruido para que pueda estudiar su hermano mayor.

Aprender generosidad educando con el ejemplo

En muchos casos, los padres adoptamos una postura victimista respecto a la educación de nuestros hijos, el trabajo, la carga del hogar, etc. Esta imagen la recogen minuciosamente nuestros hijos y crecen con este mismo sentimiento frente a sus propias obligaciones.

El cansancio y cierto aire de tragedia: cómo reaccionamos ante los pequeños accidentes caseros (el vaso de leche que se cae…), ¿le quitas importancia, o haces un drama?; al hablar de tu trabajo, ¿trasmites los problemas, o comentas lo que disfrutas en él?; qué aspecto tienes cuando estás enfermo, ¿vas arrastrándote por la casa, sin asearte, o procuras mostrar un aspecto lo más agradable posible, aunque que te duela todo? Piensa que tal y como te comportes tú, así lo harán tus hijos. Si sonríes ante las dificultades, ellos lo verán como lo más normal y tenderán a sonreír a menudo.
Los niños de estas edades comienzan a tener ya una cierta conciencia social, comienzan a interiorizar un sentido de civismo. Pero a causa de su falta de control y de que también pueden estar demasiado centrados en sí mismos, olvidan fácilmente la generosidad y amabilidad cuando están enfadados, cansados o hambrientos.

Por eso, es conveniente explicarle que la generosidad y el servicio a los demás es un deber de las personas que se gratifica por sí mismo, con la alegría del deber cumplido y con la satisfacción de realizar algo bien hecho. A esta edad, explicándoselo de manera muy sencilla, ya comprenden estos conceptos, pero quizá lo entiendan mejor con pequeñas historias o con ejemplos gráficos.

Cómo regalar una sonrisa

La simpatía o la antipatía empiezan a formar parte del carácter del niño desde los primeros años. A veces no nos damos cuenta de lo rentable que es la amabilidad y la simpatía, pero todos estamos de acuerdo en que es muy agradable vivir rodeado de sonrisas. Aunque es cierto que cada uno tiene su carácter, respetemos ese modo de ser y a la vez estimulemos su sonrisa. Ayudémosle a sonreír por pequeñas cosas que nos hacen felices. Sonreír es el mayor regalo que podemos dar a quienes nos rodean. Porque sonreír cuando se está cansado, o se encuentra mal, es señal de personas generosas y de fortaleza de espíritu y esto a un niño se lo enseñan sus padres.

Apoyo y felicitaciones a los niños

Nuestro apoyo y constante felicitación se constituirán en el eje fundamental durante estos años. No olvidemos que lo que más motiva a los hijos es que sus padres valoren cada pequeño esfuerzo que ellos realizan. Por ello, no estará de más que nos mostremos especialmente prestos a alegrarnos expresivamente por su buena conducta e, incluso, tengamos algún detalle de vez en cuando para premiar su incipiente generosidad: “Como hoy has compartido tu camión con tu hermano, te voy a dar dos caramelos de los que tanto te gustan para que los compartan”.

Los niños y niñas que han aprendido a ser amables y generosos serán más optimistas, tendrán más facilidad para ganar nuevos amigos y les resultará más fácil mantenerlos. ¿Por qué? Porque son capaces de gastar tiempo con ellos y se encuentran en sintonía con sus necesidades: en vez de querer todo para sí; son capaces de esperar y ofrecer.

 

Fuente: hacerfamilia.com y guía infantil.com

 

Cordialmente,

María Alejandra Piñeres

Consejera Preescolar Castillogrande

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